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La otra Tierra Verde

Leif Eriksen

Año 1005 d. C., Vinland (tierra de vinos), Isla de Terranova, al noreste del actual Canadá. Dos sagas vikingas son contadas en un mismo día de verano dentro de Leifbundir (‘Las casas de Leif’), primer y único campamento nórdico en América.

La saga groenlandesa

–¡Thorvald Erikson! ¡Que Odín esté contigo! Tardé lo mejor de la vida, que es la vida misma, en encontrarte. Un hombre sin amigos es como un abedul desnudo, sin hojas ni corteza, solitario en una colina pelada. Ya empezaba a desesperar por incumplir mi palabra con tu padre –altisonó el viejo viking al reencontrarse con el segundo hijo varón del mismísimo Erik el Rojo, en la nueva Vinland.
–Que Asgard haga también fructíferos tus botines, Ari Marson. Aunque, te informo, mi hermano Leif nos ha convertido al cristianismo por mandato de Olaf de Noruega. Conoces nuestro dicho: cerca del rey, cerca del cadalso. Si obviamos esa aburrida religión de la cruz, puedo decirte, amigo mío, que hace tiempo creíamos que cenabas en el Valhalla
–replicó afable Thorvald, sin dejar de notar el color profundo de la piel curtida por el sol en su interlocutor.
Marson, para sorpresa de los treinta habitantes de ese campamento bien equipado de Leifbunding, había arribado desde el sur. Igualmente, la curiosidad nórdica emergió primero en el recién llegado:
–¿Pudo finalmente tu padre poblar Groenlandia? –preguntó sobre la famosa expedición, ocurrida 18 años antes, de la que se vio apartado por los dioses del mar.
–Fue un éxito, Ari. Algunos de los veinticinco barcos que zarparon desde Islandia se perdieron, como el tuyo desde Irlanda, pero la mayoría llegó a destino. Erik consolidó el puerto de Eystribyggð en la costa occidental, el único lugar apto para la agricultura. Allí construyó una gran hacienda y consiguió reunir más de tres mil colonos islandeses. ¿Puedes imaginarlo? Aunque muchos murieron por la peste hace tres años, lamento decirte…, y mi glorioso padre con ellos. Junto a él, también cayó nuestra religión nórdica, de la cual era ferviente defensor, como seguramente recordarás. Poco después, Leif bautizó a mi madre y edificó la primera iglesia cristiana.
–Me entristece el final de Erik Thorvaldson, el Rojo. ¡Que su cabellera colorada nos siga guiando! Todo decae salvo la fama de un hombre muerto. ¿Es próspero su legado?
–No tanto, por culpa del Nifilheim, el más frío de los nueve mundos de nuestros dioses. En Groenlandia la mayor parte del año la tierra es blanca y no existen los bosques. Debemos venir siempre al oeste, a buscar madera y hierro. Por ahora, el pueblo sobrevive, te lo he dicho, al mando de mi hermano Leif, al que llaman “el afortunado”. Su nuevo Dios pareció favorecerlo: a su regreso de Noruega, encontró un barco lleno de tesoros a punto de zozobrar y, más tarde, vio aparecer esta tierra de Vinland, donde fundó el Leifbunding que pisas ahora.
Ari Marson siguió preguntando por sus años de ausencia, en lugar de ser parco con las palabras, como todo buen vikingo:
–Tu padre fue muy sagaz al llamar a su hogar Tierra Verde, a diferencia de la Tierra de Hielo, Islandia. Se lo creyeron los colonos, aunque no alcance para sobrevivir… ¿Dices que fue tu hermano, y no el gran Erik el Rojo, quien descubrió estas tierras?
–Leif supo escuchar relatos de otros viajeros y, hace cinco años, invitó a nuestro padre a acompañarlo por primera vez al sur. Sin embargo, Erik, ya cumplidos los cincuenta, cayó del caballo camino del barco, se quebró una pierna, lo consideró mal augurio y prefirió quedarse en Eystribyggð. Sin él, mi hermano navegó con treinta y cinco hombres hasta descubrir estas regiones ricas en salmones y pastizales.
–Vinland, Tierra de vinos… Loas también al gran Leif Erikson. ¿Eligió la misma clase de nombres de tu padre o estamos cerca de la Sicilia italiana conquistada por Björn Ironside y no me he dado cuenta? –inquirió Ari Marson, con menos prudencia todavía.
–Elige mejor las palabras, Ari, aunque como amigo seas libre de hablar con franqueza. En estos campos, en verano, florecen unas bayas con las cuales hacemos vino al molerlas. La zona forestal es hermosa y aquí pretendo establecer mi propia hacienda, como hizo mi padre en Eystribyggð. Hace dos años, Leif prefirió permanecer como patriarca en Groenlandia y me entregó su barco a fin de completar esta segunda expedición a Vinland. Leifbunding ya tiene su carpintería, herrería y ocho edificios donde albergar a cien colonos que esperamos vengan pronto. Es la tierra pródiga siempre buscada por los vikingos y tengo la abulta-da grasa de mi abdomen para demostrarlo –sostuvo complacido–. Por el contrario –cambió el tono de su voz–, intuyes bien los problemas, Ari; rara vez es alegre la cara de un hombre sabio. Dudo que muchos de nosotros podamos disfrutar de estas tierras…
–No quise ofenderte, Thorvald, perdóname. Sabes del pacto de sangre y honor que me une a tu padre y a tu familia. ¿Qué es lo que oscurece tus planes en Vinland?
Esto le explicó el hijo de Erik el Rojo sobre esas tierras aisladas:
–Aquí sobra lo necesario, pero estamos a mil kilómetros de Groenlandia y no podremos perdurar sin ayuda militar de Islandia y Noruega. Nos rodean feroces skraelings, los nativos lnuit; si bien no manejan el hierro para hacer espadas o martillos, causan gran daño con sus garrotes y lanzas en puntas de piedra. Solo logré establecer relaciones comerciales dándoles leche de nuestros animales domésticos, pues no los conocen, a cambio de sus pieles. Frágil equilibrio… Hoy mismo han llegado para comerciar nueve skraelings en tres canoas forradas con piel y, en el momento del intercambio, uno de ellos quiso llevarse el arma de uno de mis hombres, una hjalti. Sabes que un viking jamás entregará su hacha. Ocho guerreros lnuits murieron y uno escapó en su embarcación. Es ese el que me preocupa…

La saga marsoniana

Finalmente, Ari Marson irrumpió con su propia historia:
–¡Por el martillo de Thor, Thorvald! ¡A tu salud! Brindemos con un cuerno de hidromiel. Tengo la solución a los problemas de los Erikson y, con lo que voy a contarte, podremos fundar una nueva era vikinga. Presta atención: mi viaje me demoró todos estos años… Como sabes, me embarqué en Irlanda para unirme a las naves de tu padre; fuertes vientos nos arrastraron primero al oeste, luego al sur y perdimos el control de nuestro drakkar. Los vikingos siempre intentamos evitar el mar abierto, pero fue imposible: pasamos meses sin ver tierra. Las estrellas del cielo cambiaron y, tras perdernos en unas islas cálidas por más de un año, llegamos a un país de aguas transparentes. El sol allí brilla más que en todo el Mediterráneo conquistado por los hijos del rey Ragnar. La vegetación es frondosa y selvática como en Escandinavia y Europa juntas. ¡No tendrías que mentir para llamar a ese lugar la otra Tierra Verde!
Marson prosiguió:
–¿Sufres a los bárbaros skraelings? Los de esas junglas son pacífi-cos y bien alimentados. Usan grandes plumas y túnicas de vivos colores, construyen templos piramidales como los egipcios y la religión los gobierna. Siempre nos ha venido bien a los vikingos para sacar ventaja…
»Esos nativos mayas, al desconocer a los dragones, vieron mi drakkar como a una gran divinidad serpiente. ¡Quetzalcoatl! Tantas veces escuché la extraña palabra que al final pude memorizarla. ¡A mí mismo me recibieron como al Dios que pretende venerar tu hermano! Para darnos más trascendencia, nos presenté inmortales y con el nombre de los Thule; así nos denominan los curas romanos en Irlanda a los nórdicos. Por eso los nativos fundaron, en mi honor, la ciudad de Thula, en el valle tierra adentro donde me rindieron homenaje.
»Viví con ellos por más de quince años, colmado de regalos y pla-ceres, lo contrario a nuestra tradicional strandkogg vikinga de saquear y huir. Te aseguro que tú tampoco hubieras podido resistirte y tu abdomen crecería todavía mucho más. Algunos de mis vikings se quedaron con las hembras a las que se habían unido en ese tiempo. Yo, en cambio, honré mi compromiso con los Erikson y tuve la fuerza de partir, prometiéndoles a esos skrealings que volvería. No me olvidarán…, grabaron imágenes mías en una capital religiosa increíblemente grande: Chichen Itzá. Ni el castillo más alto de Europa tiene la altura de su pirámide principal. ¡Profetizaron mi regreso a sus herederos en sus muros!
»Sintetizando, el viaje hasta aquí fue largo y difícil. Comprendí que estaba tan al oeste como la Groenlandia perdida; por lo tanto, en lugar de retornar a Europa, tomé rumbo al norte, fondeando la costa. ¡No sabía que había tantas penínsulas por rodear, bahías amplias por explorar y skrealings salvajes por combatir! Finalmente, te encuentro en esta tierra de Vinland, no solo por lealtad a tu padre, sino para pedir ayuda. ¡Quiero reclamar la nueva Tierra Verde para nosotros, Thorvald Erikson! –gritó con fuerza.
La respuesta que obtuvo fue acorde al desafío:
–Ari Marson, nunca descarto una buena historia nórdica y creo en tu magnífico relato. Debemos ir a nuestra hacienda de Eystribyggð en Groenlandia. Allí convenceremos a mi hermano Leif de hacer un llamado a los jefes de los clanes en todo el mundo vikingo. ¡Puede ser la ma-yor convocatoria desde la venganza por el asesinato del rey Ragnar en Northumbría hace más de cien años! ¿Recuerdas las historias…? Gracias a ella, conquistamos toda Inglaterra. Los sajones no podían ver el mar por la cantidad de drakkars en sus costas. ¡Vendrán por miles in-cluso desde las ciudades madres de Bergen, Upsala y Katekat! No im-porta que ahora haya reyes cristianos en ellas…

Epílogo único

La fortuna es infiel y, finalmente, traicionó a Vinland. Al día siguiente, doscientos lnuits, un verdadero ejército para esos desolados parajes, atacó el pequeño campamento de Leifbunding. Si bien el hierro nórdico pudo repeler el ataque, tanto Thorvald Erikson como Ari Marson resultaron heridos de gravedad y murieron poco después. El segundo hijo de Erik el Rojo cumplió su deseo –bajo tierra– de permanecer allí.
Prácticamente, ambos enormes descubrimientos, América y México, quedaron sepultados ese mismo día de verano de 1005, ante los terribles skraelings canadienses.
Solo los relatos vikingos sobre nuevas y maravillosas tierras, prometidas una vez más por los Erikson, lograron sobrevivir.