Skip to content

El Robin Hood de Nuevo México

Billy The kid

Redacción del New York Post, diciembre de 1880.

Siéntese, por favor, amigo periodista. Y sírvame un café, si es tan amable, que aquí en Nueva York saben prepararlo. Hace frío afuera y estoy acostumbrado al calor del oeste. Sea paciente; le aseguro que esta historia vale los $50 que ofrece el Post. Además, el dinero es insustancial. Mi padre destaca mil cabezas de ganado en el lobby de estancieros, empresarios, curas y militares que se denomina el Anillo de Santa Fe. Si usted realizó su trabajo, seguramente sabe que sus métodos ni son amables ni populares. Ahórrese comentarios; no me enorgullezco de ser parte de ese círculo.

Para comenzar, ubíquese en el Condado de Lincoln, Nuevo México, en una persecución de guardias rurales a una banda que se hace llamar Los Cuatreros. ¿Le parece muy genérico el nombre? Ya verá cuánto lo es. Formábamos un grupo terriblemente homogéneo; a mi padre le gusta contratar hombres rudos, silenciosos y serviles, mexicanos de bigote fruncido. Humildes y certeros, imponen sobre sus iguales la voluntad del poderoso con ciega lealtad. Nunca dejé de sorprenderme por la sumisión feudal que logran los estancieros. Con claridad, yo era el discordante por mis gustos europeos, universitarios, y hacia cualquier cosa lo más lejos posible de nuestros campos. Tal vez, por eso mismo, mi padre me obligó a esa cuadrilla –de treinta hombres armados– en busca de los más prominentes ladrones de nuestro capital rural. Me puso al cuidado de Emilio, el jefe de sus cowboys mestizos y el mejor hombre de armas que yo había conocido, por lo menos hasta el segundo día de este relato.

Poco hubo de placer en la primera jornada por el desierto de Nuevo México. Cabalgata, agua insuficiente, sol candente. Al anochecer, el cielo colorado fagocitó al oeste y confié un poco más en nuestra misión. Rancho, aguardiente y algo de mañanitas en una guitarra; los planes de mi padre parecían ir bien, tanto conmigo como con la expedición. Según los rastreadores, al otro día alcanzaríamos a Los Cuatreros. Primero Dios, en una posada a ciento cincuenta kilómetros de donde estábamos.

Por la mañana y la tarde siguientes, los hombres enmudecieron. No hubo bromas en el picoso almuerzo y el silencio me enrostró que mi padre había subestimado la inminente contienda. Los Cuatreros se ha-cían llamar antes Los Reguladores, participaron en una guerra contra el poder del Anillo y mataron a un sheriff demasiado obediente. De más está decir, no eran bribones comunes. En fin, Emilio sostuvo el ánimo con frases en español y llegamos a nuestro destino. El edificio de madera surgió grande como una caballeriza; quizás todos podríamos descansar bajo el techo de paja. En la puerta nos esperaba un muchacho rubio de ojos celestes, tal vez adolescente, que sonrió abiertamente al vernos. Tenía un sombrero redondo, algo grande para su cabeza. Pese a sus buenos modales, parecía retrasado. Hablaba arrastrando las palabras y sin sentido.
–¿Tienen caramelos? ¿Trajeron para mí? –preguntó de pronto, acer-cándose a nuestros caballos de manera despreocupada.
Emilio, delante de todos, lo alejó de un empujón desde su montura.
–No molestes, mocoso –le dijo escupiéndole la cara. El muchacho pareció indiferente, se apartó y quedó callado por un rato. Nuestro líder y otros dos hombres entraron a la posada con los rifles en alto. Los de-más nos quedamos montados, las manos en escopetas y colts.
–No hay nadie, está despejado. –Volvió al rato Emilio.
Decidió que entraran diez hombres para un whiskey y el resto afuera, por si llegaban los bandidos. Mojarían los bigotes más tarde. En mi caso, por ser el hijo del patrón, me hizo pasar rápido, antes que la sed del desierto me devorara. El chico rubio entró como si fuera uno más de nosotros.
–¿Realmente olvidaron los caramelos? –insistió locuaz.
La posada estaba bien. Parada estratégica de los cowboys en la planicie feroz de Nuevo México, ofrecía abundante alcohol y comida, aunque yo no la considerara como tal. Al rato, los hombres bromeaban en grupo con el muchacho, contento con la nueva atención. El único tenso era el posadero.

Todo tiene un fin; el de nuestra cuadrilla de las mañanitas fue grosero. Antes del cambio de guardia, el exterior de la posada comunicó dis-paros. Muchos y repetidos, más de treinta. Gritos desesperados, silencio. Emilio se levantó de golpe, como comprendiendo, para quedar luego petrificado: el chico rubio había cambiado el matiz de su sonrisa, ya no era la de un tonto, y bloqueaba la puerta con sus dos colts de seis tiros. Su voz también mudó a una sonoridad famosa:
–Tendrían que haber traído caramelos, camaradas. Ahora son solo diez dejando aparte a este colega que no sabe disparar –dijo mirándome de reojo– y yo tengo doce balas.
Ninguno se atrevió a responder o a tratar de entender. Luego otorgó:
–OK, tengo mucha ventaja, socios. Dejaré que desenfunden primero.
Y guardó sus pistolas, divertido.
Desde afuera de la posada, alguien gritó:
–¡William! Otros como ellos nos persiguen, ¿recuerdas? No todos somos como tú. ¡Termina de jugar y liquídalos de una vez!
Emilio decidió sacar el arma, pues por su Virgen de Guadalupe que los nuestros sumaban diez contra uno, aunque sin esperanza; era tan invisible como evidente que estaban perdidos. Sobrevino, entonces, un espectáculo de magia imposible de ver en Nueva York, París o Londres. Antes de que todos liberaran sus colts, o tan solo pudieran ver las ma-nos del supuesto adolescente, una matriz de estruendos y zumbidos destrozó a seis de los hombres. Los cuatro sobrevivientes los miraron atónitos, siempre mudos. El chico rio con fuerza y volvió a enfundar y desenfundar sobre ellos. Emilio recibió dos disparos en su antes orgulloso bigote y murió horriblemente afeitado; el mocoso recordaba el escupitajo desde el caballo. Su última bala solo me desplazó el sombrero hacia atrás.
–Olvidaste saludarme adecuadamente, compañero –dijo jovial–. Dile a tu padre que en dos meses debe pagar el doble de vacas… y también caramelos. ¿Te acordarás esta vez? –Luego, lo principal–: Nadie sobrevive a Billy The Kid si no es para contarlo.
Se fue al galope aullando feliz, de ese lugar apestado a sangre, dejándome con el posadero escondido como único acompañante. Por más de dos horas, me quedé inmóvil, maravillado y horrorizado. Ninguna de mis lecturas europeas narraba nada ni remotamente similar. ¡Esto es América!

Pasado un año, convencí a mi padre de que me dejara estudiar aquí en Nueva York. Es así, amigo mío, ayer por la noche llegué a esta ciudad. Buscaba una vida nueva, refugiarme en la universidad, las noches presuntuosas y las mujeres a la moda. Escapar del campo, de mi familia y de él.
El hotel en la populosa avenida Broadway es muy inglés, no falta un decorado patio interno de plantas y flores. Esta mañana, salí a la calle a respirar el humo de las imprentas, los cafés y el estiércol con elegancia ciudadana. Sin embargo, me sorprendió ver a grupos de niños obstaculizando el paso en las veredas. Jugaban a los cowboys con colts de madera. Uno de los más pequeños, de menos de cinco años, sostuvo eufórico con voz aguda, pero tranquila: “Soy Billy The Kid. Estás muerto, miserable, ya no harás daño a nadie”. ¡Lo admiran e imitan en las calles de Manhattan! ¿Será siempre así con los prodigios, hagan lo que hagan?
Tomé el New York Post de una tienda: la primera plana también hablaba de Billy. Solo le adjudican 21 muertos… “sin contar a los mexicanos”. Antes que tantos otros, pensé en Emilio y no me causó gracia. El gobernador de Nuevo México –que, en su momento, le había ofrecido un indulto y luego faltó a su palabra– cedió ante la presión del Anillo de Santa Fe y está armando un ejército para acabar con él. Las cuadrillas de los estancieros son muchas, aunque los pueblos pobres y mestizos de todo el estado, como también de Texas y Arizona, se han puesto de su lado. Lo alimentan y esconden de sus perseguidores, que caen en sus trampas, como nosotros. Por lo visto, su talento también equipara a las clases sociales…
Debajo de la plana del Post figuraba el pequeño anuncio que ofrecía los $50 por historias nuevas sobre él. Mi hotel no queda lejos de aquí, llegué en pocos minutos y ahora me tiene en su oficina. Al fin y al cabo, como Billy había sentenciado, sobreviví para contar sobre él; siento que lo importante ahora es no dejarlo solo e insistir por la amnistía que le prometieron.
De todas maneras, queda enteramente a su criterio periodístico cómo describirlo. Puede optar por un asesino desalmado, detalles suficientes le he dado, o un fantástico Robin Hood frente a la opresión de los estancieros. Les encantará a sus lectores. Usted decide.